Mucho que aprender, por Enrique Barbier
Marzo 30th, 2008 por La Tripulación
Para empezar está claro que mi barco de 20 pies, es poca cosa para este mar Cantábrico y que navegar en solitario está muy bien, con tiempo apacible. ![]()
Este es el relato de una “aventurilla dominguera” de un velero chiquitín, con un patrón novato en una “galernita”, que le ha pillado desprevenido. Pero ha sido bastante aleccionador.
————————————
Estás a 5 millas al norte de Orio. Son las 4´30 de la tarde. Una tarde soleada y tranquila de octubre. Has salido de Zumaia sobre la 1 y llevas toda la tarde navegando primero a motor, por ausencia de viento, y luego despacio con ventolina a una velocidad de entre 1 y 3 nudos. Has comido un bocadillo tranquilamente y vas tomando el sol y hablando al perro, que no entiende nada, pero está siempre feliz si le hablas cariñosamente.
A eso de las 5 decides dar la vuelta y volver hacia Zumaia para llegar antes de que anochezca. El viento ha subido un poco. No sabes cuanto porque no tienes anemómetro, pero lo notas. Después del giro lo llevas de través. Vas cazando las velas a medida que coges velocidad, porque el aparente te va entrando más agudo. Parece que todo va a ir bien. De una buena ceñida, si sube un poco más el viento te plantarás en Zumaia sin hacer un bordo y en un santiamén.
El viento empieza a rolar y en unos minutos, sin variar el rumbo, has pasado de un través a una ceñida, con viento todavía flojo, y de pronto se ponen a flamear las dos velas, con cierta virulencia. Dices: ¡coño, tengo que arribar, está rolando más y arrecia!. Tendré que variar el rumbo y hacer bordos.
Antes de que levantes el culo del asiento para llegar al piloto automático a corregir el rumbo, se te ha acuartelado el génova, la botabara está yendo de un lado a otro como enloquecida (cuidado con la cabeza) y el barco va a virar haciendo caso omiso del timón. ¡Hay que largar la escota del génova que está acuartelado!. Pero antes de que la largues ya te ha virado el barco, el piloto automático ha perdido completamente el control porque el barco ha perdido arrancada, el viento arrecia sobre el génova acuartelado y las olas tampoco facilitan el control del rumbo.
¡Esto es más que una racha!. Empiezan ha llegar unas olas no muy grandes pero impertinentes, con penachos blancos, que te obsequian con unas duchas saladas muy desagradables, sobre todo porque te ha pillado la borrasca con zapatillas, camiseta y pantalón corto.
Alcanzas a largar la escota del foque que estaba trincado a barlovento, pero tarde. No te da tiempo a cazarlo por sotavento, porque la mayor, que estaba cazada para una ceñida, está ahora embolsando viento fuerte de través y la escora es tal que está entrando agua en la bañera por encima de la borda de sotavento. El barquito de 20 pies tiene muy poco francobordo.
Rápidamente largas en banda la escota de la mayor y esta se pone furiosa rugiendo despendolada, pero el barco adriza, que era lo primero que había que conseguir.
Respiras y piensas ¡Osti, tengo que tranquilizarme! ¿Tomaré rizos y enrollaré algo de génova?.
En ese momento te das cuenta del desastre que hay a proa. El barco está al garete. El génova largado en banda, está dando trallazos a diestro y siniestro. La escota de sotavento se ha enredado con el cabo de una defensa y se ha hecho un lío que no permite ni cazar la escota ni enrollar el foque. Craso error de navegar con las defensas colgando, no volverá a ocurrir. Lo prometo. ¡Mira que me lo habían dicho veces! ¡Ahora ya veo porqué!.
¡Hay que librar esa escota!. Te da miedo la botabara. Cuando estas aclarando el enredo, la escota te pega en las manos repetidas veces. Escuece y te pones de muy mala leche.
Por fin aclaras los cabos, tiras la defensa al interior de la cabina y le das un susto tremendo al perro que está dentro. No te acordabas de él. Largas la escota enredada y te vas a la bañera para poner orden, sobre todo en tu propia cabeza y dudas entre arriar todo el trapo y poner el motor, o navegar a viento, con menos vela. Mientras tanto las dos escotas sueltas del génova se enredan en las cornamusas del palo. ¡Adiós!.
Bueno, como a la fuerza ahorcan, en ese momento tomas una decisión y enrollas a tope el foque antes de que el enredo de escotas se haga mayor. Queda medio metro del génova que no se puede enrollar. Los enredos de las escotas lo impiden, pero ha quedado tenso y piensas que irá bien como estabilizador. El enredo ya lo aclararás en el puerto. ¿Llegarás?. No te rías de la pregunta, uno se mosquea… ¡Mira que como esto se ponga peor…! ¡Jodé, como se ha puesto en un momento, tú!
Ya has tomado la decisión de arriar el trapo y poner el motor en marcha. Primero poner motor, para tener gobierno y poder aproar. Si no, no hay forma de bajar la vela.

Mientras estás basculando el fueraborda, para meterlo en el agua, con el cuerpo doblado por encima del balconcillo de popa, el barco hace lo que las olas y el viento le dictan. Estás a punto de caerte al agua y recuerdas que en la cabina tienes un arnés y unos chalecos. Decides que es más urgente poner el motor en marcha y por fin lo consigues. ¡Ahora, a recobrar el rumbo!.
Al pequeño fueraborda de 7,5 CV le cuesta mucho trabajo plantar frente a las olas. La mayor, pese ha tener la escota liberada hace resistencia y con ayuda de las olas, tiende a poner el barco de través. Agarras la escota de mayor y vas cazando progresivamente, a la vez que aceleras el motor, para ayudar al barco a coger velocidad y orzar hasta ponerlo proa al viento. ¡Da resultado!. Piloto automático, motor a tope y a bajar la mayor.
Bien, ahora vamos a intentar coger las olas por la amura de estribor. Estas empapado, pero tienes que poner el barco a un rumbo sostenible y bajo control del piloto automático, para poder meterte en la cabina y ponerte la ropa de agua.
Bajas el ritmo del motor. No es cosa de reventarlo a tope de vueltas. Tienes que mantener la caña del timón bastante a babor para afrontar las olas por la amura de estribor. Esto mismo resta efectividad al motor y la velocidad se reduce. Es un círculo vicioso. Se te ocurre una idea: girar un poco el fueraborda para ayudar al timón. ¡Resultado perfecto!. ¡Anda, que esto no pueden hacerlo los que tienen intraborda!. Pones el automático sobre el pin de la caña y aguardas unos minutos para cerciorarte de que el invento funciona. ¡Funciona, funciona y sigue funcionando!. Pones un tomador de goma sujetando la caña del piloto sobre la del timón, para que no se suelte con los pantocazos. ¡Bendito sea el inventor del piloto automático!
Entras en la cabina mirando de reojo al motor y al piloto. “¡Por Dios, qué no me falle ninguno de los dos!”. Piensas que no vale la pena ponerte el pantalón y las katiuscas porque ya estas empapado y no hace mucho frío. También es que no te fías mucho del piloto y del motor y te da miedo pensar que, mientras estas poniéndote los pantalones, le dé al barco, a las olas o al viento, por hacer cualquier barrabasada, que no te dé tiempo de controlar.
Las olas han crecido bastante. Vienen rápidas, poco espaciadas, con crestas blancas y los senos a veces son muy pronunciados. Después de las crestas el pantocazo y el roción. Algunas veces el penduleo de la escora hace que al subir escore a babor y al bajar escore a estribor, de donde viene la siguiente ola, que se te mete en la bañera y la llena de agua por unos minutos. Desde dentro del tambucho, con la chaqueta de agua, el arnés y el chaleco puestos, analizas la situación e intentas ver en el GPS el rumbo al puerto de Zumaia.
Todo lo que llevas abordo en la cabina está por el suelo, el perro se ha buscado un sitio bastante cómodo, en una litera de sotavento, de donde no se cae, pero después de un par de pantocazos muy seguidos abandona el sitio, se te mete entre las piernas y te mira con ojos de susto. Le gritas que vuelva a su sitio, para que no te estorbe y sobretodo para que no te siga a todas partes. Solo de imaginar que salga detrás de tí a la bañera y que lo tire al agua una ola, te pones nervioso. El perrito no entiende. Se te tumba en los pies y te mira como diciendo que no entiende por que le riñes, que él se está portando bien, que no ha hecho nada malo y que tiene miedo. Decides dejarlo en paz, y sigues con el GPS.
Te han dicho muchas veces que la entrada en Zumaia no es fácil con la mar revuelta, pero nunca te ha tocado experimentarlo. ¿Cómo estará?. Podría ser mejor y más corto ir a Getaria. Pero el rumbo a Getaria es justo totalmente de través a la ola, mientras el de Zumaya es en ángulo, con la mar por la amura de estribor, justo el rumbo que has tomado para navegar un poco más tranquilo. Seguiremos así. Faltan 8 millas para llegar a Zumaia. A 4 o 5 nudos, van a ser dos horas de tortura.
Dentro de la cabina se está bien. No te mojas. La tensión te impide pensar en el posible mareo, así que no te mareas. Se puede aguantar mucho tiempo así. Lo malo es que no sabes si la cosa va a empeorar y que te sientes dependiente de un piloto, porque sin el piloto hay que ir todo el tiempo en la bañera y eso supone ir bajo los continuos rociones. Dos horas así también se pueden aguantar pero no es ningún placer. Lo que más te preocupa es el motor porque sin él estarías de nuevo obligado a izar velas y de nuevo se pondría complicado hacerlo en solitario.
El motor sale del agua cada vez que el barco escora mucho en el momento de pasar la cresta de la ola. En el aire se revoluciona mucho y entra de nuevo en el agua. Justo entra, algunas veces, en el momento en que el barco afronta la pendiente de la ola siguiente. En este momento el motor hace un esfuerzo muy brusco de palanca sobre el soporte de madera en el que está sujeto y en alguna ocasión incluso se desplaza de ángulo y tienes que salir a colocarlo de nuevo en la dirección correcta.
En una de estas intervenciones te das cuenta de que el soporte de madera se esta partiendo. ¿Aguantará?. ¡Esperemos que sí!.
Piensas si tendrás que recurrir a la radio. Pero con el ruido del motor y de las olas no entiendes bien lo que dicen por la radio. Además no te fías mucho del walky porque dos horas antes, cuando todo estaba tranquilo, has estado intentando hablar con dos barcos, con el Potolito y con el Txunami, y al Txunami le oías, pero no al Potolito y al parecer no te oían a ti ninguno de los dos. Has hablado con el Potolito por el teléfono móvil. ¡Ah, claro, te queda el móvil!.
De pronto suena el móvil. ¡Hondia!. Es Mikel, del Potolito, estarán preocupados.
Coges el teléfono y no consigues oír nada. No sabes si te oyen. Se corta la comunicación. Vuelve a sonar varias veces y siempre lo mismo. El teléfono se ha mojado y no funciona.
Piensas: Bueno, esto está navegando. En media hora más, estoy entrando en Zumaia. No va a pasar nada. La mar no está empeorando y el viento ha bajado bastante.
Ves dos veleros más navegando. Uno amarillo que ha salido de Getaria buscando el viento. No lleva rizos y navega de fábula. Claro que es bastante más grande que el tuyo. Piensas con envidia: ¡Encima, estará pasándolo de cine!. El otro está bastante lejos en dirección a Deba. Piensas que eres un inútil y un miedoso y que te estás perdiendo una oportunidad de disfrutar. ¿Y, si vuelves a izar velas?. No, ya no vale la pena. Además notas la sal en el pelo, en los labios, en las cejas y pestañas. No te has puesto los pantalones largos porque no hacía frío y has cometido otro error, porque ahora, mojado y con el viento, tienes frío y muchas ganas de llegar al pantalán. De todas formas, ver a otros navegando tranquiliza.
La bocana de Zumaia está a media milla. Quitas el automático y agarras la caña del timón. Intentas enfilar directamente con rumbo 180º y no puede ser. Las olas te entran por la aleta y te colocan de través rápidamente. Hay que ir más al oeste y entrar con la mar totalmente de popa. Antes habrá que probar que tal se controla el rumbo con el motor y con olas de popa. No sabes si es por la proximidad del puerto o si es real, pero parece que las olas no son ya tan agresivas. De hecho parece que los penachos blancos han disminuido sensiblemente. Desde luego hace menos viento.
Virada rápida a toda máquina, aprovechando una serie de olas más suaves, para poner rumbo a la bocana, con la mar de popa. ¡Esto marcha!.
Hay que ir muy atento para que el barco se mantenga en la dirección de las olas y de la bocana. Pero se hace sin mayor problema. ¡Por fin en la ría!.
Subiendo por la ría te vas despojando del chaleco y del arnés, vas ordenando la bañera y observando la placa del soporte del motor, que afortunadamente no ha terminado de romperse.
Entonces, no se sabe por qué, te da por acordarte del barco de 43 pies con el que hiciste las prácticas en Bilbao. Recuerdas lo divertido que era navegar con 10 personas a bordo, con viento de 30 nudos y olas incluso algo mayores de las que tanto trabajo te acaban de dar.
Piensas: Desde luego yo tengo muchísimo que aprender, pero aquí “ande o no ande, caballo grande”.
Enrique Barbier
14 octubre 2002
ENDUADRADO EN Crónicas de a bordo |
Deja un comentario
Artículos Recomendados
Últimos comentarios
Personal Loans: I dont mean to be too in your face, but Im not sure I agree with...
AC90: la nueva...
Vasyu: UR4B6n Vasyu testit vasyu.net
Refranes marineros
prolan1: c17kFV qazwsx
Refranes marineros
Prolan: UgfHP0 re re re GAV GAV
Refranes marineros
porno tv: gdfghgf hgfh j gjhgf j fghf dhgfh fgh fdgh fd porno tvuplayer
Temporal en La...
porno hub: gfdg ggh dfhdfh fgh hgdfhg dfdasfgf dshfg h your porno hub
Temporal en La...
