Cástor Pólux

Desde que recuerdo siempre me ha fascinado el mar. Más de una vez me he sorprendido mirándolo durante horas, sin darme cuenta del tiempo que corría, sin darme cuenta de que tenía que comer o beber, olvidando completamente quién era.

Mi fascinación es física, visceral, por los golpes de los vientos salpicando mi cara, sujetando un cabo con la boca y una vela con una mano mientras que, con la otra, me aferro al obenque, que impide que el agua, que me llega a la rodilla por lo escorado del barco, me arrastre. Es la emoción de llegar el primero en una regata y de tirarme de cabeza al océano a 30 millas de cualquier costa. Son las heridas en las manos, provocadas por trimar las velas y por bucear sin guantes.

Pero mi fascinación también es mística, espiritual, provocada por el regocijo que supone el olor previo a la primavera en cualquier playa mediterránea, que me dice que pronto veré flamencos y que los días son más largos; ese mismo aroma que respiraron mil civilizaciones antes. Mística y espiritual por las leyendas que cuentan casi todos los marineros, que me embelesan como a un niño, y por todas las historias verdaderas y falsas, conocidas u olvidadas que rodean cualquier mar y, especialmente, el Mediterráneo.

Por eso dejé Madrid y me vine a vivir a Alicante. Por la sensación maravillosa que tengo cuando salgo al balcón de mi casa y veo, a través de miles de palmeras, el azul intenso de las aguas mediterráneas, o el blanco grisáceo de la bruma que las envuelve.

Quizá podría explicar mi sentimiento a través de aquel libro de lobos de mar que leí en una travesía alrededor de Ibiza, que conservo con especial cariño con sus hinchadas hojas, llenas de salpicaduras, y amarillentas por el sol. Creo eso las hace más sabias.

Como navegante he tenido la fortuna de hacer grandes amigos, que dejan huella indeleble de las travesías que compartimos. Porque en la mar, los lazos se estrechan tanto que le tiendes la mano incluso a tu peor enemigo para salvarlo. Porque la mar saca lo mejor de cada uno, su caballerosidad, su valentía. Porque la mar te arrulla con sus olas y te mece con su viento. Y ese sentimiento de satisfacción sólo se puede comprender de una manera: sobre un barco.

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